Biblioteca con una esquina rota
Aún esa tarde ronda en mi nostalgia;¡: a los 6 años salimos a hacer el súper con mi familia y entre la empresa usual armada de berrinches, míos y de mi hermana por conseguir que nos compraran alguna chacharita, se unieron una paleta gigante de colores a la que ella le lloró a mis padres para que accedieron con la condición de comérsela poco a poco por aquéllo de los dientecitos (la guardaron en el congelador y le daban un pedacito cada día después de terminar con la tarea); y yo, un libro amarillo con texturas en la portada y aroma a chicle (adoraba hojearlo rápido para sentir ese airecillo perfumado de las páginas). Era una compilación de seis cuentos europeos largos para niños, traducidos con ilustraciones al final de cada uno; comparado a los demás libros que mi padre me había regalado, éste estaba escaso de 'dibujitos' lo que hizo que me adentrara necesariamente en cada lectura a falta -a esa edad– de distractores visuales. "El Rey y su barca", era el título de uno de los cuentos que marcó mi vida por completo: me enseñó la importancia del tiempo.
Tras el divorcio de mis padres, cosas en la casa se movieron, se perdieron... se tiraron. El libro desapareció de mi pequeña biblioteca personal entre el estado de sitio en que se había convertido aquello que algún día fue un hogar. No fueron suficientes los despojos, la tribulación también se le dio por llevarse mi libro. Nunca más volví a toparlo en ninguna librería. De las cosas grandiosas que sucedieron a mi niñez. Pagaría por volver a tener aquel ejemplar de perfume dulce en las manos.






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