Inquilino
“El cuerpo que me habita,
No me quiere abrir”.
Literatura Ambulante.
Se situaba al norte de la insomne ciudad. Aunque no hacía mucho que aún era habitada, el inmueble era añejo, con estigmas de pesados tiempos. Su aire era complicado; había en el ambiente un nauseabundo, pero acogedor calor. Era lo que siempre había buscado, sin duda: un pequeño espacio donde pudiera confabular su mundo sin tener que compartirlo con nadie más. Tendría que adaptar lo que ante sus ojos era una trinchera inhabitable con pasado incierto y futuro símil. Había acordado la estadía indefinida sin problema, todo había resultado sorprendentemente fácil y fortuito.
A su llegada ella lo observó y concluyó que probablemente era igual que los anteriores, traía en el semblante el desafiante porte de quien ostenta el sometimiento. “Una vez más aquí estaré subordinada, habitada por quien a nadie habitan”. Después de todo, siempre tendía a ceder, a dejar que tomaran de ella y convirtieran en guarida febril su pequeño y mutilado espacio.
Los fantasmas advirtieron la presencia nueva. Habían descuidado el inmueble, subestimando la posibilidad que alguien llamase su atención. A pesar de lo que ella pensaba, los fantasmas sabían que él era distinto. A comparación de ellos en su estado concreto, él tenía un espíritu de renovación y dinamismo innato: estaba dispuesto a mejorar y cambiar cualquier cosa que se le topara al paso, la casa era el cambio “ipso facto”.
La primera semana el inquilino alteró mínimamente el entorno. Quería conservar los rasgos y resaltar la hermosura haciendo sólo el mejoramiento de cada rincón sin destruir, ni reemplazar. Los fantasmas vigilaban cada movimiento desde fuera y ya planeaban cómo truncar el proyecto de renovación a cualquier costo. En su tiempo ocuparon y utilizaron a su conveniencia al por mayor, sin tener la intención, ni la más mínima idea de compensar los beneficios.
Ella descubrió paulatinamente la intención benévola del inquilino y conocía perfectamente la asidua voluntad dominante y posesiva de los fantasmas, harían todo a su alcance por ahuyentarlo, como lo habían hecho antes. Lo suyo no podía ser compartido, mucho menos arrebatado. Le preocupaba el bienestar de él y sentía que era parte suya; ya lo empezaba a querer. Pero había en ella una dependencia insana y tormentosa por ellos, quería disolverla. Después de todo merecía por fin una tregua con la soledad.
Hicieron acto de presencia. Sólo ella pudo darse cuenta y ordenó y rogó que se fueran, que no trataran de arremeter contra él. Hicieron oídos sordos, llegaron para quedarse y ella no era capaz de hacer más por evitarlo. Sufría amordazadamente.
En múltiples lugares de la casa se encontraban aún objetos que en algún tiempo fueron posesión de los fantasmas. Estaban ahí indicando su jurisdicción, a pesar de su inminente desprecio y disgregación. Ella no hacía nada por cambiarlo y contrariamente, se aferraba al pasado que le pesaba por el amalgamiento de los recuerdos. Agonizaba la tibieza de su voluntad, quería, sabía, pero no se atrevía siquiera a aceptar la nueva etapa que él le ofrecía sin exigir más que su resguardo.
Él ya estaba logrando transformar su casa, ya era suya ¿Por qué no? Se toma por pertenencia lo que trabaja con las manos y el corazón. Ya antes, había rodado por muchos sitios de la ciudad, sin sosiego, ni seguridad. Había querido tanto un lugar donde guardara su alma y pudiera llenar todo espacio con su presencia, le era preciso y necesario. Había mucho por conspirar contra el mundo: su casa era el punto de partida.
Una noche ellos acosaron hasta al amanecer al inquilino, atormentaban su mente con siniestras imágenes e inundaron su cuerpo de una sensación de abandono. Ella lo presenció, pudo haber preferido no ser ella para no tener que ver cómo lo hostigaban hasta el punto del delirio. Él traía consigo un pequeño hato de objetos y utensilios que cuidaba con esmero, todo el patrimonio que había podido hacer a lo largo de su tumultuosa existencia; pero también traía suficientes cicatrices internas cargando como para estar agobiado por la vida y desangrar en cualquier momento; ellos lo sabían.
Somos. Sólo somos. A expensas de lo que atrás hubo y puede volver y destruir. Somos. Fuimos. Seremos. No seremos más.
La quimera de la vida se rompió ante sus ojos. Vivió el peligro de la existencia y se dejó caer. Desangraba. Los fantasmas revivieron su pasado para cercenar y a esas alturas no había otra opción: cualquier acción radical era necesaria para desaparecerlo de su territorio. Ella, la casa, la que por fin era habitada y plena, estaba impotente e indecisa ante su desolado pasado y su desconocido y extraño, pero feliz porvenir. Su decisión demoró para la agonía dolorosa de él. No intervino. No quería, no podía y el inquilino en su propia sangre más viva que nunca en medio de la casa aquélla que ya emanaba su luz, se ahogó. Los fantasmas moran otra vez la casa.
F. F.





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