Doña Mary
Sacaron de un celoso nicho un par de tazas añejas y las llenaron de café claro y en un platito de zinc con lunares de óxido; acomodaron dispersas, galletas animalescas que remontaron mi infancia y las aproximaron a mi madre y a mí. Aceptarlas me parecía un insulto ante la pobreza intransigente, pero ella apresuró a indicarme que lo recibiera sin melindre antes de provocar indignación a los presentes. Su gratitud por casi nada, era en suma.
Mi madre administró atole de arroz edulcorado y frotó los pies de la anciana intentando compensar su temperatura. Después de horas de buscar por todo el pueblo algún médico que pudiera asistirla y como respuesta un puñado de lágrimas llegaron inconsolables dos de sus siete hijos, agitados de pedalear toda la noche y regresar tal como partieron. La mujer escuchó sus voces y entonces pareció que era sólo eso lo que había esperado para serenarse. Entre balbuceos pidió que la dejaran dormir "porque hacía mucho frío y no había luz en sus ojos". Doña Mary se acostó, se acomodó dando la espalda a la familia y se durmió, para siempre.
Margarito se alejó, se quitó el sombrero y lo empuñó llorando quedito en una esquina de la casa donde la luz del único foco no cobijaba y le dijo a su cuñado: -"Prepare´ste su carrito, yo los acompaño de regreso a dejar a la Señito y a su hija, que no tarda ya en amanecer".






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