Doña Mary




Eran las 3 de madrugada del lunes. Previo a la desesperada insistencia del albañil de la familia por la puerta principal de la casa de los abuelos, suplicando ayuda a mi madre, enfermera retirada,  para una persona de la tercera edad, su madre, quien sufría un episodio de delirio y algidez sin aparente explicación. Después de trasladarnos a una colonia circunvecina con la guía de Margarito, en el volkswagen prehistórico de su cuñado, que amenazó con destartalarse en cualquier momento ante el camino abrupto, mientras él nos seguía en bicicleta. Tras revisar la presión arterial y su temperatura corporal, mi madre concluyó que la presión baja provocaba el descenso de temperatura, causada por la falta de glucosa después de investigar con los integrantes la dieta de la señora. Tenía las extremidades sumamente frías y no reconocía a ningún familiar; estaba despierta, respondía, aunque confusamente. Su familia, un grupo de figuras de tez recia y carácter sumiso, tímido,  personas en condición austera, lloraban en torno suyo por la impotencia de no poder recurrir  a un medio de transporte apto para intervenir a su matriarca a atención médica; niños y adultos con abdómenes pronunciados, casa de bajareque, piso de tierra recién barrido y techos de tejas de arcilla roja fastuosas de plantíos de algas pluviales y paredes encaladas, completaba el cuadro.

    Sacaron de un celoso nicho un par de tazas añejas y las llenaron de café claro y en un platito de zinc con lunares de óxido; acomodaron dispersas, galletas animalescas que remontaron mi infancia y las aproximaron a mi madre y a mí. Aceptarlas me parecía un insulto ante la pobreza intransigente, pero ella apresuró a indicarme que lo recibiera sin melindre antes de provocar indignación a los presentes. Su gratitud por casi nada, era en suma. 

    Mi madre administró atole de arroz edulcorado y frotó los pies de la anciana intentando compensar su temperatura. Después de horas de buscar por todo el pueblo algún médico que pudiera asistirla y como respuesta un puñado de lágrimas llegaron inconsolables dos de sus siete hijos, agitados de pedalear toda la noche y regresar tal como partieron. La mujer escuchó sus voces y entonces pareció que era sólo eso lo que había esperado para serenarse. Entre balbuceos pidió que la dejaran dormir "porque  hacía mucho frío y no había luz  en sus ojos". Doña Mary se acostó, se acomodó dando la espalda a la familia y  se durmió, para siempre.

    Margarito se alejó, se quitó el sombrero y lo empuñó llorando quedito en una esquina de la casa donde la luz del único foco no cobijaba y le dijo a su cuñado: -"Prepare´ste su carrito, yo los acompaño de regreso a dejar a la Señito y a su hija, que no tarda ya en amanecer".



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